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El Milagro de Dorlisca

Su corazón se detuvo por 15 minutos. Dorlisca Montes estuvo en las garras de la muerte pero un equipo de médicos la sacó de allí. La herramienta clave fue una máquina que la mantuvo con vida cuando su corazón ya se había apagado. Esta es su milagrosa historia.

La llamada entró después de las 7 de la noche. Era el jueves 19 de diciembre y el cardiólogo Walter Mogrovejo, director del Instituto Neuro Cardiovascular de las Américas (INCA) conducía su auto rumbo a su casa. En el teléfono, la secretaria le avisó que un amigo lo llamaba desde Argentina. Hildauro Monzón, un viejo condiscípulo de sus años de universidad en Buenos Aires. Vaya sorpresa. Mogrovejo le dijo que le pasara la llamada. Pero al contestar, descubrió que el tipo del teléfono no era Hildauro. Era un desconocido. Un hombre que, con voz temblorosa, le dijo que su hermana se estaba muriendo.

Su hermana era Dorlisca Montes (42). Desde el 11 de diciembre estaba internada en un hospital del Callao. En ese momento todavía nadie sabía que padecía de músculo no compactado, una enfermedad congénita que convertía su corazón en una esponja que se llenaba de coágulos y que le provocaba insuficiencia cardíaca. Los familiares de Dorlisca solo sabían lo que les habían dicho los médicos del hospital: era posible que ella no pasara de esa noche.

La historia de cómo Dorlisca fue rescatada de la muerte es la historia de una lucha. De cómo un grupo de hombres y mujeres –sus hermanos y los médicos liderados por Walter Mogrovejo– vencieron una por una, diversas dificultades a fuerza de voluntad, en circunstancias en las que otros quizás se habrían rendido.

Y de cómo una máquina –una máquina que nunca se había usado antes en el Perú– fue pieza clave para mantener viva a la mujer, hasta la llegada de un nuevo corazón. Un corazón donado. Un corazón para seguir con vida.

Rescate médico

El primer desafío fue no ceder al desaliento. Ese jueves por la noche, luego de que los médicos les dijeran que se prepararan para lo peor, los hermanos de Dorlisca se despedían llorando, casi resignados. Volverían al día siguiente, con la esperanza de encontrarla viva.  Pero uno de ellos, Cirilo, les dijo que aguardaran, que un primo suyo iba a llamar desde Argentina para conocer el estado de la paciente. El primo llamó. Era Hildauro Monzón, el condiscípulo de Walter Mogrovejo. Les dijo que buscaran a su viejo amigo, que era un magnífico cardiólogo. Los hermanos se aferraron a esa esperanza. Encontraron el teléfono de la clínica en internet. Cirilo llamó.

Temiendo que el médico se negara a contestarle, se hizo pasar por su primo. Mogrovejo contestó. Y Cirilo le contó su drama.

El segundo reto fue lograr que el hospital dejara ir a Dorlisca. Las autoridades se negaron. Advirtieron que si la desconectaban de sus aparatos, la mujer moriría. Ante la insistencia de la familia, llamaron a un fiscal y a un policía. Mogrovejo llegó al hospital y habló con los médicos. Logró persuadirlos. Firmó un acta. A medianoche, Dorlisca pudo salir rumbo a la clínica INCA.

Esa madrugada, la del 20 de diciembre, fue larguísima.

Mogrovejo reunió  sus mejores especialistas. Estaba el cirujano cardiovascular Hardy Gonzales. El neurólogo William Quispe. El médico intensivista Juan Manuel Ingar. El ecocardiografista Ángel Vásquez. Enfermeras, paramédicos, anestesiólogos. Una veintena de personas.

El corazón de Dorlisca apenas funcionaba al 13%. Se estaba apagando ante sus ojos. Su única posibilidad era un transplante. Pero hasta que apareciese un donante, era seguro que el corazón dejaría de latir. Y ella moriría. La buena noticia era que aunque eso ocurriese, Mogrovejo tenía una herramienta que podía mantenerla con vida.

Esa herramienta se llama ECMO (Extracorporeal Membrane Oxygenation). Se trata de una máquina que es a la vez un corazón y un pulmón artificial. INCA la había adquirido tres años atrás –solo ellos y un hospital de Essalud la tienen– y durante este tiempo su equipo se había estado entrenando para usarla. Finalmente había llegado el momento.

La intervención duró más de cuatro horas y planteó una situación difícil tras otra. Dorlisca sufrió tres paros cardíacos. Fueron momentos delicados. Después de cada paro, los médicos masajeaban su corazón para que siguiera funcionando. El tercero ocurrió cuando el cirujano estaba introduciendo las cánulas para conectar el ECMO con las venas y arterias de la paciente. El corazón dejó de latir. No reaccionaba ante los masajes. Gonzales terminó de colocar el aparato. Pasaron los minutos. Cinco, diez, quince. Y, de repente, el corazón volvió a latir. Primero débilmente, luego con más energía. Dorlisca no se iba a rendir fácilmente.

Aparece un corazón

A eso de las 4 de la madrugada, una vez que el ECMO empezó a funcionar de forma estable, Walter Mogrovejo subió al sexto piso de la clínica, a la oficina de coordinación de transplantes. Entró a la web de la Organización Nacional de Donación y Trasplantes (ONDT) e ingresó los datos de Dorlisca al sistema. Indicó que era de Prioridad 0, es decir, de extrema urgencia. Ahora solo había que esperar.

No hubo que esperar mucho. A eso de las 7, cuando los médicos se disponían a irse a descansar, llamaron de la ONDT a Mogrovejo. Había aparecido un corazón para Dorlisca.

Después de resolver todas las cuestiones administrativas, a las 5 de la tarde, el cuerpo del donante –un muchacho que había expresado su voluntad de donar sus órganos al morir– llegó a la clínica.

Como suele ocurrir en un proceso de este tipo, se hicieron presentes en la clínica otros cirujanos a los que la ONDT les había asignado la donación de otros órganos. Hígado, riñones y córneas, en este caso. Extrajeron sus órganos y se los llevaron en coolers a sus clínicas y hospitales. Sus pacientes los esperaban.

La extracción del corazón comenzó antes de la medianoche. Una hora después, el cirujano Hardy Gonzales inició el proceso de implantación en el cuerpo de la paciente. Fue un procedimiento delicado. Cada sutura terminada era un pequeño triunfo. Cuando acabó la última, liberó las venas que había cerrado para la cirugía… y el corazón nuevo, el corazón de un muchacho anónimo que había fallecido solo unas horas antes, comenzó a latir en el pecho de Dorlisca.

Fue un momento que emocionó a todos.

Pero allí no acabó todo. Faltaba saber si su cerebro había sufrido consecuencias. Después de unas horas de espera, con Dorlisca todavía inconsciente, Mogrovejo decidió someterla a prueba. Estimuló sus ojos con un algodón y con luces. Y encontró respuesta. Los reflejos corneales demostraban que la paciente tenía actividad neurológica. El trabajo intenso de los médicos, de 36 horas seguidas, sin descanso, había tenido éxito.

Tres días después, ella abrió los ojos. Lo primero que vio fue a Mogrovejo moviendo las manos, saludándola, “hola Dorlisca”, y diciéndole que era Navidad. Vio que estaba en un establecimiento de salud. Se pellizcó los brazos y sintió dolor. Vio que no estaba muerta.

Y lloró como nunca antes había llorado en su vida.

Viva por una razón

Illari (3) posa para las fotos como si fuera una modelo. Dorlisca la mira con ternura. Cuando salió embarazada, dejó su faceta como cantante folclórica para dedicarse a criar a su hija. Ella es la luz de su vida. Esta tarde, en casa de Cirilo, donde Dorlisca se está alojando por su convalescencia, la pequeña se está robando la atención de todos.

Aquí están los Montes, los hermanos que decidieron rebelarse ante los médicos que les aconsejaron resignación. Aquí están, quejándose de la desidia de las autoridades de la salud, pero a la vez regocijándose por haber acudido a un cardiólogo que les prometió ayudarlos y no los defraudó. En el otro lado de la ciudad, ese cardiólogo y su equipo también se felicitan. Ellos piensan que Dorlisca volvió a la vida porque tiene una misión. Ella piensa lo mismo. Y se ha propuesto descubrirla.